Mi padre jamás fue emotivo, al menos delante de mi nunca lo fue. Siempre lo vi firme y riguroso, y rara vez sonreía.
Cuando yo era niño, mi padre nunca me dijo que me amaba, jamás me abrazó. M i madre me abrumaba con sus abrazos y con su "TE AMO"; así es que nunca me importó escucharlo de mi padre. Supongo que en el fondo me amaba.
Yo trabajaba en la Guardia Nacional ya 10 años cuando nos dijeron que iríamos a combatir a la guerra, aunque me asusté un poco debía cumplir mi deber.
Al despedirme de mi familia todos me abrazaban, el único que no lo hizo fue mi padre. Permaneció de pie, como si fuera de piedra. En aquel momento lo vi increiblemente viejo, no se porque, pero asi fue.
Era navidad y no pude estar con mi familia, pero por mi esposa supe que mi padre con voz temblorosa hizo la oración, y con la voz quebrada, con lágrimas corriéndole por sus mejillas, dijo: "Señor te pido que protejas y guies a mi hijo, y permitas que regrese a nosotros sano y salvo" y en aquel momento no resistió más y rompió en llanto, cuando escuche esto lloré también.
Meses más tarde, al regresar de la guerra corrí a abrazar a mi esposa y mis hijos, con lágrimas en los ojos y al aproximarme a mi padre, lo abracé fuertemente, susurró en mi oído: "estoy orgulloso de ti hijo, te amo". Y mirándolo a los ojos le respondí: "Yo también te amo papá", y nos abrazamos y lloramos juntos.
Desde ese día nuestra relación mejoró. Hemos conversado mucho y así me enteré que siempre estuvo orgullosos de mi.
"Sólo lamento que hayan tenido que pasar 30 años de mi vida y una guerra para saberlo".
(comentario: sucede esto muchas veces, entre padres e hijos, perdemos muchos años ocultándonos cuanto nos amamos. Aprovechemos las oportunidades que tenemos de decir un te amo a tiempo, porque no siempre hay un último minuto)